El 28 de marzo de 2004, el mundo del tenis fue testigo de un momento crucial cuando el emergente prodigio español, Rafael Nadal, entonces un joven zurdo que ya generaba un gran revuelo, logró una sorprendente victoria. Derrotó al aparentemente invencible número uno del mundo, Roger Federer, en la tercera ronda del Masters 1000 de Miami con un contundente 6-3, 6-3. Federer, en la cima de su dominio, rara vez se despedía tan pronto de los torneos, lo que convirtió el triunfo de Nadal en una de las mayores sorpresas de la temporada y un poderoso presagio de la futura grandeza del joven español. Este partido marcó el verdadero inicio de la que se convertiría en una de las rivalidades más legendarias del deporte.







